
DARSE LA VUELTA EN SU MISMO EJE era algo imposible, los dolores en su carne cada día le concebían más intolerables, con todo, su lucha por vivir era tanta que ni padecimientos ni hastíos detenían su ansia de crear, de ser tan ella, de amar a su modo… aunque fuera postrada en esa aborrecible cama.
¡Qué pena! Vivir así es no existir… eran las voces que se escuchaban en Coyoacán allá por los mil novecientos y tantos. Y es que el accidente del camión no fue cualquier cosa, el tubo de fierro del vehículo le atravesó las entrañas, entró por la columna y salió por su vagina, le desgració la existencia.
Se amputaron los deseos de reproducción, esos sueños que abrigó desde siempre, desde que era una niña y la poliomielitis ya le había arrancado casi todo, mucho antes que los hombres, y una que otra mujer, llegaran a su vida. El secreto sagrado de ser madre quedó excluido para ella, eso lo cotejaron los abortos tiempo después.
Cuando era niña aprendió a sortear bien al mundo. ¡Frida pata de palo! ¡Marimacha de mierda!... se burlaban los impúberes del vecindario.
Los clavos que más tarde pintó en columna rota no los puso nomás porque sí en todo su cuerpo, el dolor ya la perseguía desde entonces, ya se envalentonaba con el sufrimiento y ya se hablaba de tú con las calamidades desde hacía tiempo atrás. Los cuchicheos y las burlas no hacían merma en ella
Cuando le vino lo de pintar más en serio lo usó como una ventana para fugarse a los paraísos imaginados, fue un escaparate catártico para sus penalidades. Los ratos nefastos en la cama los suplía con su arte, así fue como grabó sus dolencias en los corsés, así fue como el sufrimiento lo vertió en colores, en tonalidades y texturas…
Cuando don Guillermo Kahlo, su padre, le colocó un espejo en el techo de su cama para que pudiera ver lo que pintaba en sus lienzos, Magdalena Carmen Frida Khalo y Calderón logró lo que en esa época nadie había logrado: modelar el arte de pintar hasta hacerlo realista con esa precisión que solo ella consiguió con el pincel, una expresión del todo biográfica.
¡Qué pena! Vivir así es no existir… eran las voces que se escuchaban en Coyoacán allá por los mil novecientos y tantos. Y es que el accidente del camión no fue cualquier cosa, el tubo de fierro del vehículo le atravesó las entrañas, entró por la columna y salió por su vagina, le desgració la existencia.
Se amputaron los deseos de reproducción, esos sueños que abrigó desde siempre, desde que era una niña y la poliomielitis ya le había arrancado casi todo, mucho antes que los hombres, y una que otra mujer, llegaran a su vida. El secreto sagrado de ser madre quedó excluido para ella, eso lo cotejaron los abortos tiempo después.
Cuando era niña aprendió a sortear bien al mundo. ¡Frida pata de palo! ¡Marimacha de mierda!... se burlaban los impúberes del vecindario.
Los clavos que más tarde pintó en columna rota no los puso nomás porque sí en todo su cuerpo, el dolor ya la perseguía desde entonces, ya se envalentonaba con el sufrimiento y ya se hablaba de tú con las calamidades desde hacía tiempo atrás. Los cuchicheos y las burlas no hacían merma en ella
Cuando le vino lo de pintar más en serio lo usó como una ventana para fugarse a los paraísos imaginados, fue un escaparate catártico para sus penalidades. Los ratos nefastos en la cama los suplía con su arte, así fue como grabó sus dolencias en los corsés, así fue como el sufrimiento lo vertió en colores, en tonalidades y texturas…
Cuando don Guillermo Kahlo, su padre, le colocó un espejo en el techo de su cama para que pudiera ver lo que pintaba en sus lienzos, Magdalena Carmen Frida Khalo y Calderón logró lo que en esa época nadie había logrado: modelar el arte de pintar hasta hacerlo realista con esa precisión que solo ella consiguió con el pincel, una expresión del todo biográfica.
Vertiginosamente encontró que su dolor se transfiguró en arte, uno que el mundo llegó a saber y admirar. Unos dicen que todo lo que logró fue gracias al accidente, otros que por sus fracturados amores, y unos más que por sus preferencias sexuales tan sinvergüenzas para la época.
Yo solo sé algo: Frida llevaba el dolor en la sangre, siempre lo tuvo metido ahí, como en sus representaciones. Su aguda visión de la vida la hizo trascender en el tiempo, en los espacios donde se han logrado colar las mujeres que no se rajan, que se la saben jugar en medio de las desgracias, para vivir sus vidas con el color y rigor con que la quieren vivir.
José Luis de la Cruz Vallejo
Yo solo sé algo: Frida llevaba el dolor en la sangre, siempre lo tuvo metido ahí, como en sus representaciones. Su aguda visión de la vida la hizo trascender en el tiempo, en los espacios donde se han logrado colar las mujeres que no se rajan, que se la saben jugar en medio de las desgracias, para vivir sus vidas con el color y rigor con que la quieren vivir.
José Luis de la Cruz Vallejo
®