Comparto con ustedes el dscurso de despedida que pronuncié en honor a mi Madre, el pasado miércoles, cuatro de Agosto, el día que la sepultamos.
Mi Madre.
Hablar de los atributos y los afectos hacia una madre es sencillo, muy sencillo. No sin embargo cuando se está frente a la muerte, cuando las emociones se asoman desde el corazón y se atraviesan a media garganta. Hoy intentaré hacerlo por que la persona que fue mi madre lo merece.
Mi madre fue una mujer tenaz, un ejemplo de vida para cada uno de sus hijos y para quienes rodearon sus vida.
Doña Dolores Vallejo Garza, una mujer que no sabía de letras y que pese a las limitaciones propias que esto conlleva, nos educó como lo debe de hacer todo aquél que nos jactamos de ser “padres de familia”: con amor, con dedicación y aprecio a la vida sin importar lo duro que pueda ser.
Mi madre fue una mujer tierna y compasiva, pues no una, muchas veces, dejó de costearse lo que el escaso dinero provee por tal de ver a sus hijos satisfechos de alimentos, y arropados con lo necesario.
Mi madre fue una madre entregada a sus hijos, una esposa prodigada a su marido. No una, muchas veces, tuvo que cansar su espalda y brazos, de sol a sol para vivir y sobrevivir a las urgencias de una familia de clase pobre.
Mi madre fue una mujer limpia en todos los sentidos, una mujer recta que no tuvo la fuerza para pronunciar una blasfemia o lanzar una ofensa a nada ni a nadie.
Mi madre fue una mujer increíblemente fuerte, que aun en su lecho de enfermedad fue capaz de responder con un “no me duele nada” ante las preocupaciones y ayudas que se le podían dar para aligerar sus dolencias físicas.
Ella cambió los pañales de todos sus hijos, nietos, y alguno que otro bisnieto. Curó diarreas, levantó molleras, retiró empachos y preparó los más deliciosos brebajes para esas noches frías y tortuosas en que la enfermedad nos asaltó de niños.
Nos alimentó en una de las cocinas más humildes de nuestro barrio, pero con los exquisitos sabores de los mejores restaurantes: Calabazas en dulce, duraznos en almíbar, aguacates de su siembra, tortillas de harina hechas por sus bellas manos, y el mejor café de la región.
Por eso madre, nos dejas un gran ejemplo, una terrible ausencia, y tenemos una gran deuda que nunca pagaremos ni con las mejores acciones de todas nuestras generaciones venideras.
Gracias Madre.
Y gracias a todos por acompañarnos en esta dolorosa despedida.
En nombre de mi Padre, mis hermanos, y un servidor: GRACIAS
Y la muerte no será más, ni existirá más lamento, ni dolor, ni clamor, las cosas anteriores, han pasado.
viernes, agosto 06, 2010
sábado, junio 05, 2010
Las manos de mi madre
Con cariño a mi mamá Doña Lola.
Las manos de mi madre huelen a tierra húmeda, a surcos inundados de nutridas aguas…
Las manos de mi madre saben a fécula de trigo y sal, a café de olla y calabaza dulcificada…
Las manos de mi madre palpitan entre risas mudas y lágrimas de felicidad…
Las manos de mi madre… son iguales a las mías cuando se adhieren entre sí sin distingos inteligibles.
José Luis de la Cruz.

Las manos de mi madre huelen a tierra húmeda, a surcos inundados de nutridas aguas…
Las manos de mi madre saben a fécula de trigo y sal, a café de olla y calabaza dulcificada…
Las manos de mi madre palpitan entre risas mudas y lágrimas de felicidad…
Las manos de mi madre… son iguales a las mías cuando se adhieren entre sí sin distingos inteligibles.
José Luis de la Cruz.
martes, mayo 04, 2010
A QUÉ ME SUPO TU BESO
No tengo aún la respuesta…Es como tratar de interceptar a la lluvia humedeciendo mis labios
Detallar a qué sabe tu lengua acariciando la mía.
Explicar el contacto de la menta sobre una piel sedienta
Y satisfacer los cinco sentidos con solo rozar tu boca.
Fue conferir al poeta entrometerse en tu aliento,
Como sentirse abrigado en abril, siendo primavera.
A saciar la sed que provocas cuando no se siente el viento,
Y sentirme naufragar descubriendo mil deseos.
Me supo a anís y licor del bueno
Me supo a mar y deseo
A garrafas de agua dulce
A ternura colgada a tu cuerpo.
Creo que a eso… a eso supo tu beso.
José Luis de la Cruz Vallejo
ARTERA LUNA

SUCEDIÓ EN ESA NOCHE DE MAYO en la que el cielo negro se advertía nítido y estrellado desde cualquier parte.
Estábamos ahí juntos, en esa plaza de siempre, reíamos como locos de todo y de nada.
Y brotó ella, sin que nadie la llamara, redonda y tierna, salpicada de brillo y sonriente como siempre; era la misma luna que habíamos adoptado como nuestra desde hacía ya algo de tiempo.
Al tiempo de un beso lánguido y hondo toqué su corazón y percibí que murmuraba algo que no comprendí.
Un beso, dos más… unas caricias y no se cuántos abrazos palpitantes vinieron después.
¿Para qué ahondamos más? Al otro día se desvaneció de mi vida…
La luna no se aventuró a salir ni por mera curiosidad.
Atribuyo que conspiraron y se escabulleron para no volver jamás.
Estábamos ahí juntos, en esa plaza de siempre, reíamos como locos de todo y de nada.
Y brotó ella, sin que nadie la llamara, redonda y tierna, salpicada de brillo y sonriente como siempre; era la misma luna que habíamos adoptado como nuestra desde hacía ya algo de tiempo.
Al tiempo de un beso lánguido y hondo toqué su corazón y percibí que murmuraba algo que no comprendí.
Un beso, dos más… unas caricias y no se cuántos abrazos palpitantes vinieron después.
¿Para qué ahondamos más? Al otro día se desvaneció de mi vida…
La luna no se aventuró a salir ni por mera curiosidad.
Atribuyo que conspiraron y se escabulleron para no volver jamás.
José Luis de la Cruz Vallejo
sábado, octubre 04, 2008
Es otoño
HUELE A HOJAS, a café tostado y tierra polvosa. Es otoño.
El verano acaece lentamente postergando sus días calurosos hasta nuevo aviso. Los ciclos empiezan a ser más cortos, menos estresantes y más disfrutables.
Las jornadas en que el mercurio ardía en los termómetros de vidrio que casi se derretían han quedado atrás, ahora los frescores de las noches nos consienten con una cobija sobre el cuerpo y antojan la pernocta desde tempranas horas.
Mientras tanto las mañanas presumen su mejor panorama: cerros bruñidos y grandiosos nos despiertan por las mañanas para hacer apetecible la andanza diaria.
La fragancia a café nos alienta a renunciar a la almohada y la pijama. Paciente, el baño de agua caliente nos espera para alisar la desparpajada melena que nos esbozó Morfeo en la inconciencia de la noche.
Es otoño, hay que aprovechar la tregua meteorológica, hay que aprovechar la pausa en nuestra morada, hay que archivar las memorias del verano para luego traerlas de regreso con el pretexto de un buen saborcillo a café.
El verano acaece lentamente postergando sus días calurosos hasta nuevo aviso. Los ciclos empiezan a ser más cortos, menos estresantes y más disfrutables.
Las jornadas en que el mercurio ardía en los termómetros de vidrio que casi se derretían han quedado atrás, ahora los frescores de las noches nos consienten con una cobija sobre el cuerpo y antojan la pernocta desde tempranas horas.
Mientras tanto las mañanas presumen su mejor panorama: cerros bruñidos y grandiosos nos despiertan por las mañanas para hacer apetecible la andanza diaria.
La fragancia a café nos alienta a renunciar a la almohada y la pijama. Paciente, el baño de agua caliente nos espera para alisar la desparpajada melena que nos esbozó Morfeo en la inconciencia de la noche.
Es otoño, hay que aprovechar la tregua meteorológica, hay que aprovechar la pausa en nuestra morada, hay que archivar las memorias del verano para luego traerlas de regreso con el pretexto de un buen saborcillo a café.
José Luis de la Cruz
sábado, agosto 09, 2008
Desnudo

LA TARDE DESISTÍA a marcharse. Los nubarrones iracundos vapuleaban la ciudad con alcarrazas de lluvia. El agua escurría a cataratas en los cristales de los negocios de la avenida ya casi vacía.
Yo me guarecí de bajo el techo de una tienda de comidas que estaba cerrada. Era verano, y el agua se le apetecía tanto a mi cuerpo.
La corbata y la camisa nueva que por la mañana había acicalado ahora me estorbaban, pues el sudor me empezaba a sofocar a pesar del viento que provocaba la lluvia. Sin pensarlo dos veces me quité los zapatos y la corbata, arremangué los pantalones en cuatro dobleces y me fui caminando por las calles del centro histórico.
El pudor no incumbía en esos instantes, las mujeres que veía a mi paso se cuidaban que el mal tiempo no desaliñara sus perfectos arreglos de cabello y maquillaje, yo no, no todos los días las nubes se descerrajan como hoy.
Era algo nada habitual para mí el pasear descalzo por esas calles, ellas me conocían solo con mi traje de ejecutivo clasemediero, esas calles solo atestiguaban mi paso apresurado del carro a la oficina y viceversa. Pero ahora era distinto, ahora me abrazaban los pies con sus ríos urbanos fecundos y me adulaban los tobillos con su urgencia.
Mis pies desnudos brincoteaban caprichosos entre las charcas mientras dos señoritas de paraguas y de aspecto secretarial me admiraban y sonreían, no sé si en son de burla o en son de envidia. ¡Qué importaba! Yo marchaba feliz. Todo era perfecto: noche, agua, fuerza, nubes, viento, calor. ¿Cómo negarme a esa ducha con acento de divinidad? Así que qué importaban esas risas suspicaces.
El pantalón mojado me pesaba tanto que se me antojaba correr desnudo bajo el agua. Sí, eso sería bello; despojado de ropas la libertad me sabría a magia y la lluvia a menta. Dejaría ir mis recelos en esos ríos urbanos y quedarían mis ansiedades ahogadas en los desagües inmundos.
No me quedaré con las ganas, los pronósticos indican siete días de lluvias ¡Siete es un número perfecto!, pienso mientras desaparezco en las ya desoladas calles.
Yo me guarecí de bajo el techo de una tienda de comidas que estaba cerrada. Era verano, y el agua se le apetecía tanto a mi cuerpo.
La corbata y la camisa nueva que por la mañana había acicalado ahora me estorbaban, pues el sudor me empezaba a sofocar a pesar del viento que provocaba la lluvia. Sin pensarlo dos veces me quité los zapatos y la corbata, arremangué los pantalones en cuatro dobleces y me fui caminando por las calles del centro histórico.
El pudor no incumbía en esos instantes, las mujeres que veía a mi paso se cuidaban que el mal tiempo no desaliñara sus perfectos arreglos de cabello y maquillaje, yo no, no todos los días las nubes se descerrajan como hoy.
Era algo nada habitual para mí el pasear descalzo por esas calles, ellas me conocían solo con mi traje de ejecutivo clasemediero, esas calles solo atestiguaban mi paso apresurado del carro a la oficina y viceversa. Pero ahora era distinto, ahora me abrazaban los pies con sus ríos urbanos fecundos y me adulaban los tobillos con su urgencia.
Mis pies desnudos brincoteaban caprichosos entre las charcas mientras dos señoritas de paraguas y de aspecto secretarial me admiraban y sonreían, no sé si en son de burla o en son de envidia. ¡Qué importaba! Yo marchaba feliz. Todo era perfecto: noche, agua, fuerza, nubes, viento, calor. ¿Cómo negarme a esa ducha con acento de divinidad? Así que qué importaban esas risas suspicaces.
El pantalón mojado me pesaba tanto que se me antojaba correr desnudo bajo el agua. Sí, eso sería bello; despojado de ropas la libertad me sabría a magia y la lluvia a menta. Dejaría ir mis recelos en esos ríos urbanos y quedarían mis ansiedades ahogadas en los desagües inmundos.
No me quedaré con las ganas, los pronósticos indican siete días de lluvias ¡Siete es un número perfecto!, pienso mientras desaparezco en las ya desoladas calles.
José Luis de la Cruz Vallejo
lunes, agosto 04, 2008
Mis miedos
HOY ARRINCONÉ mis miedos y me fanfarroneé ante ellos, les reclamé las horas en que persiguen mis sueños y aceleran las pulsaciones en mi pecho.Hoy reclamé a mis miedos los naufragios que aventajaron a mis triunfos, a mis victorias empañadas… a mis amores perdidos.
Mis miedos tuvieron temor a mis gritos siniestros, se volatilizaron por un tiempo para regresar después.
Yo los espero despierto para combatir con ellos, no les regalaré mis victorias, ni amores, ni triunfos, ni lo que esté por venir.
José Luis de la Cruz
lunes, julio 28, 2008
Evocaciones
PUEDO APRETAR mis ojos e imaginar los hoyitos que se forman en tus mejillas, y que se pronunciaban aún más cuando apenas eras una niña. Recuerdo como de ayer, esos tus primeros pasos, tus balbuceos, tus primeros dientitos, todo es tan perceptible.Y qué decir de las veces que llegabas aterrada a interrumpir mi descanso, cuando los monstruos de tus sueños no te dejaban dormir, eso sí, siempre había un pedacito de cama para hacerte compañía en esos momentos tan pavorosos.
Todo es pasado, todo es recuero. Hoy es distinto, ahora tú podrás experimentar todas esas cosas que te cuento y que llenan mi vida cuando a veces parece vacía. Esas cosas bellas que encumbran a cualquier ser humano cuando su rostro se aferra al suelo.
Te ves tan bella en ese estado. Tus pechos de niña se han convertido en reservas santas para lactar a un crío, para alimentar a ese ser pequeñito e indefenso que buscará en tus brazos resguardo y calor. Te puedo asegurar que eso te da cierto temor, sin embargo se aferrará con su manita a tus dedos para tranquilizarte, y te lo dirá en ese tiempo para la comunicación en que se convertirán tus horas cuando lo nutras, y te lo reafirmará cuando te diga “mamá”.
He tratado de ponerle nombre a ese estremecimiento que me invade, pero no lo acierto. Me resulta tan complicado describir estos lapsos de perplejidad, de ansiedad. Te juro que he pasado noches sin dormir tratando de describir a mi torpe manera su rostro, sus manitas. Por las noches escucho su llanto y me despierto con el corazón a toda prisa. ¿A caso tendrán el color de tus cabellos los suyos? ¿Su risita sonará a cajita musical como sonaba la tuya cuando te alzaba alto con mis brazos? Me pregunto eso después de no se qué tantas vueltas sobre mi cama.
Hoy me olvido de los demás, me equivoco en las tareas más cotidianas, abandono mis citas y mis ocupaciones. Todo por ir más allá de tu vientre de cuna y por pensar en las muestras de amor que juntos le daremos.
Hijita, te pido un favor: dile que hay un hombre al que le llamará “abuelo” que le espera ansioso; adviértele que tal vez, cuando el día anhelado llegue, no podré decirle todo lo que le amo, pues el corazón entorpecerá mi lengua, como sucede cada que un instante tan bello me invade.
Dile que la cara de bobo con la que la recibiré no es la que siempre llevo, que seguramente su resplandor perturbará mi rostro y no me admitirá lucir de la mejor manera.
Dile lo que tengas que decirle, lo que te concierne, que yo solo le diré que hoy, cuando aprieto mis ojos, ya conozco los hoyitos que se formarán en sus mejillas.
Tu papá.
Con mucho afecto a ti, Alberto, felicidades.
José Luis de la Cruz Vallejo
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